Las flores del mal
Las flores del mal ¿A qué conjura infame me estaba yo exponiendo,
o qué maligno azar quería humillarme así?
¡Porque conté hasta siete, un minuto tras otro,
las veces que el siniestro viejo se multiplicaba!
Que quien se ría de mi desasosiego,
y no se vea asaltado por un susto fraternal,
piense bien que, a pesar de tanta decrepitud,
¡aquellos siete monstruos repelentes parecían eternos!
¿Iba yo a contemplar, sin morir, al octavo,
sosias inexorable, irónico y fatal,
repugnante Fénix, hijo y padre de sí mismo?
—Pero volví la espalda al cortejo del infierno.
Exasperado como un borracho que ve doble,
volví a casa, cerré la puerta, horrorizado,
enfermo y congelado, con el ánimo febril y confuso,
¡herido por el misterio y por el absurdo!
En vano mi pensamiento quería tomar el timón;
la tempestad juguetona desorientaba sus esfuerzos,
y mi alma bailaba, bailaba, como vieja gabarra