Las flores del mal
Las flores del mal No he olvidado nuestra casa blanca,
cercana a la ciudad, pequeña pero tranquila;
su Pomona de yeso y su Venus[43] antigua
escondiendo sus miembros desnudos en el bosquecillo ralo,
y el sol, ya atardecido, rutilante y espléndido,
que, tras los cristales donde se quebraban sus rayos,
parecía contemplar, como un gran ojo abierto
en el cielo indiscreto, nuestras cenas lentas, calladas,
extendiendo generosamente sus hermosos reflejos de cirio
sobre el mantel frugal y las cortinas de sarga.
