Las flores del mal
Las flores del mal caían los intestinos pesados sobre los muslos,
y sus verdugos, ahítos de espantosas delicias,
lo habían castrado totalmente a picotazos.
A los pies, una turba de envidiosos cuadrúpedos,
levantando el hocico, husmeaban dando vueltas;
en medio de ellos se agitaba una bestia más grande
como el que va a ajusticiar rodeado de sus acólitos.
Morador de Citerea, hijo de un cielo tan hermoso,
tú sufrías en silencio estas injurias
para expiar tu culto infame
y los pecados que te han excluido de la tumba.
¡Ahorcado ridículo, míos son tus dolores!
Yo sentí, ante el aspecto de tus miembros penduleantes,
que subía hacia mis dientes, como un vómito,
el largo río de hiel de los dolores antiguos;
ante ti, pobre diablo de tan entrañable recuerdo,
sentí todos los picos y todas las mandíbulas
de los cuervos hirientes y de las panteras negras