Las flores del mal
Las flores del mal —Citerea ya era sólo un paisaje de lo más escuálido,
un desierto rocoso turbado por gritos ásperos.
¡Sin embargo, yo divisaba un objeto singular!
No era un templo de umbrÃas boscosas,
donde la joven sacerdotisa, enamorada de las flores,
con su cuerpo abrasado por secretos ardores,
fuera entreabriendo sus ropas a las brisas fugaces;
sino que, cuando rozamos tan de cerca la costa
que espantamos a los pájaros con nuestras velas blancas,
vimos que era una horca de tres brazos,
destacada en negro sobre el cielo, como un ciprés.
Feroces pájaros posados sobre su propia pitanza
destrozaban con rabia a un ahorcado ya maduro,
hincando cada uno su pico inmundo, como una herramienta,
en todos los rincones sangrantes de aquella podredumbre;
los ojos eran dos agujeros, y del vientre desgarrado