Las flores del mal
Las flores del mal ¡oh Satán, ten piedad de mi miseria interminable!
Tú que das al proscrito esa mirada serena y altiva
que condena a todo un pueblo alrededor de un cadalso,
¡oh Satán, ten piedad de mi miseria interminable!
Tú que sabes en qué rincones de las tierras avaras
ocultó el Dios celoso las piedras preciosas,
¡oh Satán, ten piedad de mi miseria interminable!
Tú cuyo ojo clarividente conoce los arsenales profundos
donde duerme enterrada la raza de los metales,
¡oh Satán, ten piedad de mi miseria interminable!
Tú, cuya mano ancha evita los despeñaderos
al sonámbulo errante en las cornisas de los edificios,
¡oh Satán, ten piedad de mi miseria interminable!
Tú que, mágicamente, alivias los viejos huesos
del borracho rezagado pisoteado por los caballos,