Las flores del mal
Las flores del mal El viaje
A Maxime du Camp[57]
Para el niño, prendado de mapas y de láminas,
el universo corresponde a su vasta ambición.
¡Ah, qué grande es el mundo a la luz de las lámparas!,
¡y qué pequeño para los ojos del recuerdo!
Una mañana salimos de viaje, la mente encendida,
el corazón preñado de rencor y de deseos amargos,
y, siguiendo el ritmo de las olas, vamos
meciendo nuestro infinito en la finitud de los mares:
unos abandonan contentos una patria infame;
otros, el horror de sus cunas, y unos cuantos,
astrólogos ahogados en los ojos de una mujer,
la tiránica Circe[58] de perfumes temibles.
Para no ser convertidos en animales, se embriagan
de espacio y de luz y de cielos en ascuas;
el hielo que los muerde, los soles que los queman
van borrando despacio la señal de los besos.
Pero los verdaderos viajeros son solo aquellos que se van
