Las flores del mal
Las flores del mal a quienes nada basta, ni el tren ni el navío,
para huir de este infame gladiador; hay otros
que consiguen matarlo sin salir de su tierra natal.
Cuando por fin él ponga el pie en nuestro espinazo,
podremos confiar y gritar: ¡Adelante!
Igual que en otro tiempo salíamos hacia China,
con la vista en alta mar y los cabellos al viento,
nos adentraremos en el mar de las Tinieblas
con el alma gozosa de un joven pasajero.
¿Escucháis esas voces, atrayentes y fúnebres,
que cantan: «¡Por aquí, los que queréis comer
el Loto[61] perfumado!, aquí es donde se cosechan
los frutos milagrosos de los que vuestro corazón está hambriento;
venid a emborracharos de la dulzura extraña
de esta siesta que nunca tiene fin»?
Por el acento familiar, adivinamos el espectro;
desde allá, nuestros Pílades[62] tienden sus brazos hacia nosotros.