Las flores del mal
Las flores del mal Mujeres malditas
Delfina e Hipólita
A la pálida luz de las lámparas languidecientes,
sobre orondos cojines empapados de aroma,
Hipólita soñaba con caricias impetuosas
que alzaban el telón de su candor juvenil.
Buscaba, con sus ojos enturbiados por la tormenta,
el cielo ya lejano de su ingenuidad,
lo mismo que un viajero vuelve la cabeza
hacia horizontes azules que a primera hora dejó atrás.
Las perezosas lágrimas de sus ojos enternecidos,
el ademán quebrado, el asombro, la triste voluptuosidad,
sus brazos vencidos, abandonados como armas inútiles,
todo favorecía, todo adornaba su belleza frágil.
Tendida a sus pies, tranquila y colmada de alegría,
Delfina la cubría con sus ojos ardientes,
como un animal fuerte que vigila una presa
tras haberla marcado con los dientes.