Las flores del mal
Las flores del mal Belleza robusta arrodillada ante la belleza frágil,
soberbia, aspiraba voluptuosamente
el vino de su triunfo, y se estiraba hacia ella,
como para acoger un tierno gesto de agradecimiento.
Buscaba en la mirada de su pálida víctima
el cántico callado que celebra el placer,
y esa gratitud infinita y sublime
que del párpado brota como un largo suspiro.
—«Hipólita, corazón mío, ¿qué dices de todo esto?
¿Comprendes ahora que no debes ofrecer
el sagrado holocausto de tus primeras rosas
a los soplos violentos que podrían marchitarlas?
Mis besos son ligeros como esas libélulas
que a la tarde acarician los grandes lagos transparentes,
y los de tu amante abrirán sus roderas
como hacen las carretas o los arados desgarradores;
pasarán sobre ti como una pesada recua
de caballos y bueyes de implacables pezuñas…