Las flores del mal

Las flores del mal

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VII

Las metamorfosis del vampiro

Lo cierto es que la mujer, con su boca de fresa,

retorciéndose como una serpiente entre ascuas,

forzando con sus pechos el hierro del corsé,

dejaba fluir estas palabras impregnadas por completo de almizcle:

—«Yo tengo labios húmedos, yo domino la ciencia

de borrar la vetusta conciencia en lo hondo de un lecho.

Enjugo cualquier llanto en mis pechos triunfales,

y consigo que rían los viejos con risa de niños.

¡Para quien me ve desnuda y sin velos, yo hago las veces

de luna, de sol, de cielo y de estrellas!

Soy, mi querido sabio, tan versada en placeres,

cuando sofoco a un hombre entre mis brazos temibles,

o cuando abandono mi busto a sus mordiscos,

tímida y libertina, y frágil y robusta,

que sobre estos colchones que desfallecen de emoción


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