Las flores del mal
Las flores del mal Las metamorfosis del vampiro
Lo cierto es que la mujer, con su boca de fresa,
retorciéndose como una serpiente entre ascuas,
forzando con sus pechos el hierro del corsé,
dejaba fluir estas palabras impregnadas por completo de almizcle:
—«Yo tengo labios húmedos, yo domino la ciencia
de borrar la vetusta conciencia en lo hondo de un lecho.
Enjugo cualquier llanto en mis pechos triunfales,
y consigo que rÃan los viejos con risa de niños.
¡Para quien me ve desnuda y sin velos, yo hago las veces
de luna, de sol, de cielo y de estrellas!
Soy, mi querido sabio, tan versada en placeres,
cuando sofoco a un hombre entre mis brazos temibles,
o cuando abandono mi busto a sus mordiscos,
tÃmida y libertina, y frágil y robusta,
que sobre estos colchones que desfallecen de emoción
