Las flores del mal
Las flores del mal se exhibían ante mis ojos lúcidos y serenos;
y su vientre y sus pechos, esos racimos de mi viña,
se me acercaban, más mimosos que los Ángeles malignos,
para turbar el reposo en que mi alma estaba sumida,
y para apartarla de la peña cristalina
en que, tranquila y solitaria, se había instalado.
Yo creía ver unidos en un diseño nuevo
las caderas de Antíope[76] y el busto de un efebo,
de tanto que su talle resaltaba su pelvis.
¡En la tez rojiza y morena el maquillaje quedaba soberbio!
—Y habiéndose la lámpara resignado a morir,
como tan solo el fuego del hogar iluminaba la habitación,
cada vez que él lanzaba un suspiro resplandeciente,
inundaba de sangre aquella piel ambarina.