Las flores del mal

Las flores del mal

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VI

Las joyas

La muy adorada estaba desnuda y, sabiendo mi gusto,

se había dejado encima tan solo sus alhajas sonoras,

en un aderezo suntuoso que le daba el porte triunfal

de las esclavas de los Moros en sus días felices.

Cuando al bailar suena agudo y burlón,

ese mundo brillante de metal y de pedrería

me arrebata hasta el éxtasis, y adoro a rabiar

las cosas en que el sonido se mezcla con la luz.

Ella estaba, pues, acostada y se dejaba amar,

y desde lo alto del diván sonreía satisfecha

a mi amor hondo y suave como el mar,

que ascendía hacia ella como hacia su acantilado.

Fija en mí la mirada, como un tigre domado,

con gesto vago y soñador, ensayaba posturas,

y el candor añadido a la lubricidad

daba un encanto inédito a sus metamorfosis;

y su brazo y su pierna, y su muslo y su grupa,

lisos como el aceite, ondulosos como un cisne,


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