Las flores del mal
Las flores del mal Las promesas de un rostro
Oh pálida belleza, me encantan tus cejas fruncidas
de donde parecen fluir las tinieblas;
tus ojos, aun tan negros, me inspiran pensamientos
que no son precisamente fúnebres.
Tus ojos, muy acordes con tus cabellos negros,
con tu mata de pelo flexible,
tus ojos, lánguidamente, me dicen: «Si quieres,
amante de la musa vistosa,
responder a la esperanza que en ti hemos despertado,
y a todos los anhelos que profesas,
podrás tener constancia de que somos genuinos
desde el ombligo hasta el culo;
encontrarás en la punta de dos pechos turgentes
dos grandes monedas de bronce,
y bajo un vientre liso, suave como terciopelo,
cobrizo como la piel de un bonzo,
un vellón abundante que, sin duda, es hermano
de esta inmensa cabellera,
suelta y rizada, y que te iguala en densidad,
¡Noche sin estrellas, Noche oscura!».