Las flores del mal
Las flores del mal El monstruo o albricias para una ninfa macabra
Ciertamente, no eres, mi queridÃsima,
lo que Veuillot[78] llama un pimpollo.
El juego, el amor, la buena pitanza
borbotean en ti, ¡cacharra vieja!
Ya no estás tierna, mi queridÃsima.
¡Mi vieja infanta! Y sin embargo
tus correrÃas desenfrenadas
te han dado esa pátina espesa
de las cosas que se han usado mucho
pero que seducen, sin embargo.
Nada encuentro de monótono
en el verdor de tus cuarenta años;
¡prefiero tus frutos, Otoño,
a las banales flores de la Primavera!
¡No, tú no eres nunca monótona!
Tu armazón de huesos tiene donaires
y donosuras particulares;
encuentro exóticos sabores picantes
en los dos hoyuelos al pie de tu cuello;
¡tu armazón de huesos tiene donaires!
¡Búrlate de los ridÃculos que aman
los melones y las calabazas!
Prefiero tus clavÃculas
a las claves del rey Salomón.
