Las flores del mal

Las flores del mal

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XII

El monstruo o albricias para una ninfa macabra

I

Ciertamente, no eres, mi queridísima,

lo que Veuillot[78] llama un pimpollo.

El juego, el amor, la buena pitanza

borbotean en ti, ¡cacharra vieja!

Ya no estás tierna, mi queridísima.

¡Mi vieja infanta! Y sin embargo

tus correrías desenfrenadas

te han dado esa pátina espesa

de las cosas que se han usado mucho

pero que seducen, sin embargo.

Nada encuentro de monótono

en el verdor de tus cuarenta años;

¡prefiero tus frutos, Otoño,

a las banales flores de la Primavera!

¡No, tú no eres nunca monótona!

Tu armazón de huesos tiene donaires

y donosuras particulares;

encuentro exóticos sabores picantes

en los dos hoyuelos al pie de tu cuello;

¡tu armazón de huesos tiene donaires!

¡Búrlate de los ridículos que aman

los melones y las calabazas!

Prefiero tus clavículas

a las claves del rey Salomón.


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