Las flores del mal
Las flores del mal ¡Pena me dan esas gentes ridÃculas!
Tus cabellos, en forma de casco azul,
ensombrecen tu frente de guerrera
que piensa poco y poco se ruboriza,
y luego se escapan por detrás,
como la crin de un casco azul.
¡Tus ojos que parecen cieno,
donde centellea algún punto de luz,
reavivados por el colorete de tu mejilla,
lanzan un resplandor infernal!
¡Tus ojos son negros como el cieno!
Con su lujuria y su desdén,
tu labio amargo nos excita;
ese labio, él sà que es un Edén
que nos atrae y nos pasma.
¡Menuda lujuria, y menudo desdén!
Tu pierna musculosa y enjuta
sabe montarse en lo alto de los volcanes,
y a pesar de la nieve y de la indigencia
bailar los cancanes más fogosos.
Tu pierna es musculosa y enjuta;
tu piel tostada y nada suave,
como la de los viejos gendarmes,
sabe tan poco del sudor
como tus ojos de las lágrimas.
(¡Y aun asà no le falta suavidad!)