Las flores del mal
Las flores del mal La voz
Mi cuna se adosaba a la biblioteca,
Babel oscura donde novela, ciencia, trova,
todo, hasta el polvo griego y la ceniza latina
se mezclaban. Yo era de alto como un infolio.
Dos voces me hablaban. Una, insidiosa y enérgica,
decía: «La Tierra es un pastel henchido de dulzura,
yo puedo (¡y tu placer no tendrá fin entonces!)
hacer que tu apetito sea del mismo tamaño».
Y otra: «¡Ven, oh, ven a viajar en los sueños,
más allá de lo posible y de lo conocido!».
Y ésta cantaba como el viento en los arenales,
fantasma plañidero, venido no se sabe de dónde,
que acaricia el oído y aun así lo amedrenta.
Yo te respondí: «¡Sí, dulce voz!». Desde entonces
dura esto que se puede llamar, por desgracia, mi llaga
y mi fatalidad. Detrás de los decorados
de la existencia inmensa, en lo más negro del abismo,
