Las flores del mal
Las flores del mal veo con nitidez mundos excepcionales
y, víctima extasiada de mi clarividencia,
arrastro al andar serpientes que muerden mis zapatos.
Desde aquel tiempo, como les pasa a los profetas,
me llenan de ternura el desierto y el mar,
río en los duelos y lloro en las fiestas,
y encuentro un gusto suave en el vino más amargo;
muy a menudo tomo por mentiras los hechos
y, por ir mirando al cielo, en los hoyos me caigo.
Pero la Voz me consuela y me dice: «¡Conserva tus sueños,
que los de los cuerdos no son tan hermosos como los de los locos!».