Las flores del mal
Las flores del mal El imprevisto
Harpagón[82], que velaba a su padre agonizante,
se dijo pensativo, ante aquellos labios ya blancos:
«Tenemos en el granero cantidad suficiente
de tablas viejas, creo yo».
Celimena hace gorgoritos y dice: «Tengo buen corazón,
y naturalmente Dios me ha hecho muy hermosa».
—¡Su corazón, encallecido, ahumado como un jamón,
requemado ante la llama eterna!
Un gacetillero vacuo, que se cree una lumbrera,
dice al pobre que él mismo ha hundido en las tinieblas:
«¿A ver, dónde distingues a ese creador de lo Bello,
a ese Desfacedor de entuertos que tú celebras?».
Conozco mejor que nadie a cierto libertino
que bosteza día y noche, y se lamenta y llora,
repitiendo, el impotente, el fatuo: «¡Sí, yo quiero
ser virtuoso, pero dentro de una hora!».