Las flores del mal
Las flores del mal Un fantasma

Las tinieblas
En los sótanos de insondable tristeza
donde el Destino me ha relegado ya;
donde nunca entra un rayo de luz rosada y alegre;
donde, a solas con la Noche, esa huraña anfitriona,
soy como un pintor al que un Dios burlón
condena a pintar, ay, sobre las tinieblas;
donde, como un cocinero de apetitos fúnebres,
hiervo mi corazón y me lo como,
por momentos brilla, se agranda y aparece
un espectro gracioso y esplendente.
Por su oriental aspecto soñador,
cuando ha alcanzado toda su envergadura,
reconozco a mi bella visitante:
¡es Ella!, negra y, aun así, luminosa.
El perfume
Lector, ¿alguna vez has respirado
con embriaguez y con tranquila glotonería
ese grano de incienso que llena toda una iglesia,
o un saquito de almizcle bien añejo?
