Las flores del mal

Las flores del mal

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XLV

Confesión

Una vez, una sola, mujer dulce y amable,

en mi brazo tu brazo terso

se apoyó (sobre el fondo tenebroso de mi alma

este recuerdo no se ha empañado);

era tarde; lo mismo que una medalla nueva,

la luna llena se exponía,

y la solemnidad de la noche, igual que un río,

sobre París dormido rutilaba.

Y a lo largo de las casas, bajo las puertas cocheras,

los gatos pasaban furtivamente,

con la oreja al acecho, o también, como sombras amigas,

lentamente nos acompañaban.

De pronto, en medio de la intimidad libre

surgida con la pálida claridad,

de ti, rico y sonoro instrumento en el que vibra

tan solo la radiante alegría,

de ti, clara y gozosa igual que una banda de música

en la mañana resplandeciente,

una nota quejumbrosa, una insólita nota

se escapó vacilante


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