Las flores del mal
Las flores del mal Confesión
Una vez, una sola, mujer dulce y amable,
en mi brazo tu brazo terso
se apoyó (sobre el fondo tenebroso de mi alma
este recuerdo no se ha empañado);
era tarde; lo mismo que una medalla nueva,
la luna llena se exponía,
y la solemnidad de la noche, igual que un río,
sobre París dormido rutilaba.
Y a lo largo de las casas, bajo las puertas cocheras,
los gatos pasaban furtivamente,
con la oreja al acecho, o también, como sombras amigas,
lentamente nos acompañaban.
De pronto, en medio de la intimidad libre
surgida con la pálida claridad,
de ti, rico y sonoro instrumento en el que vibra
tan solo la radiante alegría,
de ti, clara y gozosa igual que una banda de música
en la mañana resplandeciente,
una nota quejumbrosa, una insólita nota
se escapó vacilante