Las flores del mal
Las flores del mal El frasco
Hay perfumes intensos para los que cualquier materia
es porosa. Se diría que atraviesan el vidrio.
Al abrir una arquilla traída del Oriente
cuyo cierre chirría y se resiste a gritos,
o en una casa desierta algún armario
lleno del acre olor del tiempo, polvoriento y oscuro,
encontramos a veces un viejo frasco que contiene recuerdos,
del que brota vivaz un alma retornada.
Mil ideas dormían, funerarias crisálidas,
temblando dulcemente en las densas tinieblas,
que despliegan sus alas y se lanzan al vuelo,
teñidas de azul, escarchadas de rosa, barnizadas de oro.
Y de pronto el recuerdo embriagador revuela
en el aire turbado; los ojos se cierran; el Vértigo
atrapa el alma vencida y a dos manos la empuja
hacia una sima oscurecida por los miasmas humanos;
y la derriba al borde de un hondón secular,
donde, como Lázaro maloliente rasgando su sudario,
se remueve y despierta el espectral cadáver
