Paraisos artificiales
Paraisos artificiales ¿Seguiré analizando esta monomanÃa victoriosa? ¿Explicaré cómo, bajo el imperio del veneno, mi hombre se siente pronto el centro del universo? ¿Cómo termina siendo la expresión viviente y exagerada del proverbio que dice que la pasión relaciona todo con ella? Cree en su virtud y en su genio; ¿no se barrunta el final? Todos los objetos circundantes son otras tantas sugestiones que agitan en él un mundo de pensamientos, todos más coloreados, más vivientes y más sutiles que nunca y que están revestidos con un barniz mágico. «Esas ciudades magnÃficas —se dice— donde los soberbios edificios se escalonan como en las decoraciones, esos bellos navÃos acunados por las aguas de la rada en un ocio nostálgico y que parecen expresar nuestro pensamiento: ¿Cuándo vamos a zarpar hacia la felicidad? esos museos que rebosan de bellas formas y colores embriagadores, esas bibliotecas donde se acumulan las obras de la Ciencia y las fantasÃas de la Musa, esos instrumentos reunidos que hablan con una sola voz, esas mujeres hechiceras que hacen todavÃa más encantadoras la ciencia del atavÃo y la moderación de la mirada: todas esas cosas han sido creadas ¡para mÃ, para mÃ, para mÃ! Para mà la humanidad ha trabajado y ha sido martirizada e inmolada, para servir de pasto, de pabulum, a mi implacable apetito de emoción, de conocimiento y de belleza». Salto y abrevio. A nadie sorprenderá que un pensamiento supremo y definitivo surja de la cabeza del soñador: «¡Me he convertido en Dios!», que un grito salvaje y ardoroso irrumpa de su pecho con una energÃa tal, con tal fuerza de proyección que, si las voluntades y las creencias de un hombre ebrio tuviesen una virtud eficaz, ese grito derribarÃa a los ángeles esparcidos por los caminos del cielo: «¡Soy un Dios!». Pero pronto ese huracán de orgullo se transforma en una temperatura de beatitud tranquila, muda y reposada y la universalidad de los seres se presenta coloreada y como iluminada por una aurora azufrada. Si por casualidad se desliza por la mente de ese bienaventurado lamentable, la vaga idea: «¿No habrá otro Dios?», estad seguros de que se erguirá ante el otro, discutirá sus voluntades y le enfrentará sin miedo. ¿Quién es el filósofo francés que para burlarse de las doctrinas alemanas modernas decÃa: «Soy un dios que ha comido mal»? Esa ironÃa no afectarÃa a un hombre exaltado por el hachÃs, quien replicarÃa tranquilamente: «Es posible que haya comido mal, pero yo soy un Dios».