Paraisos artificiales
Paraisos artificiales ¿No os hace recordar esto a Juan Jacobo, quien, también después de confesarse ante el universo, no sin cierto deleite, se atrevió a lanzar el mismo grito de triunfo (o por lo menos la diferencia es muy pequeña) con la misma sinceridad e idéntica convicción? El entusiasmo con que admiraba la virtud, la ternura nerviosa que le llenaba de lágrimas los ojos a la vista de una acción bella o al pensar en todos los actos bellos que habría deseado realizar, bastaban para darle una idea superlativa de su valor moral. Juan Jacobo se había embriagado sin hachís.