Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Sin embargo, podemos suponer que de cuando en cuando atraviesa y corrompe esa dicha un recuerdo punzante. Una sugestión llegada del exterior puede reanimar un pasado cuya contemplación desagrada. ¿Acaso, no está lleno ese pasado de numerosos actos insensatos o viles, que son verdaderamente indignos de ese monarca del pensamiento y que mancillan su dignidad ideal? Podéis creer que el hombre drogado con el hachís, afrontará valientemente a esos fantasmas llenos de reproches y que sabrá extraer de sus recuerdos horrorosos nuevos elementos de placer y de orgullo. He aquí cuál será la evolución de su razonamiento: pasada la primera sensación de dolor, analizará con curiosidad, la acción o el sentimiento, el recuerdo del cual ha perturbado su exaltación actual, los motivos que le hicieron actuar entonces, las circunstancias que lo rodeaban, y si no encuentra en esas circunstancias, razones suficientes, si no para perdonar, para atenuar al menos su pecado, no imaginéis que se siente vencido. Yo presencio su razonamiento como si viera funcionar un mecanismo bajo un cristal transparente: «Esa acción ridícula, ruin o cobarde, el recuerdo de la cual me ha agitado un momento, contradice por completo mi verdadera naturaleza, mi naturaleza actual, y la energía misma con que la condeno, el cuidado inquisitorial con que la analizo y la juzgo, prueban mis altas divinas aptitudes para la virtud. ¿Cuántos hombres se encontrarían en el mundo tan diestros para juzgarse y tan severos para condenarse?». Y no solamente se condena, sino que se glorifica. Una vez absorbido el horrible recuerdo en la contemplación de una virtud ideal, de una caridad ideal, de un ingenio ideal, se entrega cándidamente a su triunfante orgía espiritual. Hemos visto que, parodiando de manera sacrílega el sacrificio de la penitencia, a la vez confesor y penitente, se había concedido una absolución fácil o, peor todavía, había logrado de su condena un aliciente nuevo para su orgullo. Ahora, de la contemplación de sus sueños y sus proyectos virtuosos deduce que posee, prácticamente, idoneidad para la virtud; la energía amorosa con que abraza a ese fantasma virtuoso le parece una prueba suficiente y perentoria de la energía viril que necesita para la realización de su ideal. Confunde completamente el sueño con la acción y como su imaginación se enardece cada vez más ante el espectáculo mágico de su propia naturaleza corregida e idealizada, reemplazando con esa imagen fascinadora de sí mismo a su persona real, tan pobre en voluntad y tan rica en vanidad, termina decretando su apoteosis en estos términos tan claros y sencillos que para él, contienen todo un mundo de placeres abominables: «¡Soy el más virtuoso de los hombres!».