Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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¡Pero el día siguiente! ¡El terrible día siguiente! Todos los órganos relajados, cansados, los nervios aflojados, los cosquilleantes deseos de llorar, la imposibilidad de dedicarse a un trabajo seguido, cruelmente os enseñan que habéis intervenido en un juego prohibido. La horrible naturaleza, despojada de su iluminación de la víspera, se asemeja a los melancólicos restos de una fiesta. La voluntad, la más preciosa de todas las facultades es la más afectada. Se dice, y es casi cierto, que esa droga no causa daño físico alguno, ninguna enfermedad grave por lo menos. ¿Pero se puede afirmar que un hombre incapaz de actuar y apto sólo para soñar, se encuentra bien en verdad aunque todos sus miembros se hallen en buen estado? Ahora bien, conocemos la naturaleza humana lo bastante para saber que un hombre que con una cucharada de dulce se puede procurar instantáneamente todos los bienes del cielo y de la tierra jamás conseguiría la milésima parte de ellos por medio del trabajo. ¿Se imagina un Estado donde todos los ciudadanos se embriagaran con el hachís? ¡Qué ciudadanos, qué guerreros, qué legisladores! Inclusive en Oriente, donde su empleo está tan difundido, hay gobiernos que han comprendido la necesidad de proscribirlo. En efecto, le está prohibido al hombre, bajo pena de decadencia y muerte intelectual, cambiar las condiciones primordiales de su existencia y alterar el equilibrio de sus facultades de los ámbitos donde están destinadas a funcionar; en resumen, trastornar su destino para sustituirlo por una fatalidad de un nuevo género. Acordémonos de Melmoth, ese emblema admirable: su sufrimiento espantoso se debe a la desproporción entre sus maravillosas facultades, adquiridas instantáneamente mediante un pacto satánico y el medio ambiente en el cual, como criatura de Dios, está condenado a vivir. Y ninguno de los que desearía seducir consiente en comprarle, en las mismas condiciones, su terrible privilegio. Porque vende su alma, en efecto, todo aquel que no acepta las condiciones que le impone la vida. Es fácil comprender la relación que existe entre las creaciones satánicas del poeta y los seres vivientes aficionados a los estimulantes. El hombre ha querido ser Dios y he ahí que, muy pronto, en virtud de una ley moral incontrolable, ha caído por debajo de su índole real. Es un alma que se vende al menudeo.


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