Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Balzac pensaba, sin duda, que no existe para el hombre una vergüenza más grande ni un sufrimiento más vivo que la abdicación de su voluntad. Una vez lo vi en una reunión donde se trataba de los prodigiosos efectos del hachís. Escuchaba e interrogaba con una atención y una vivacidad divertidas. Las personas que lo conocían se daban cuenta de que su interés tenía que ser muy grande. Pero la idea de pensar contra su voluntad le escandalizaba vivamente. Le ofrecieron dawamesk y él lo examinó, lo olió y lo devolvió sin tocarlo. La lucha entre su curiosidad casi infantil y su renuencia a abdicar, se revelaba de manera patente en su rostro expresivo. Venció el amor a la dignidad. Difícil es, en efecto, imaginarse al teórico de la voluntad, al gemelo espiritual de Louis Lambert, consintiendo en perder una porción de tan preciosa sustancia.