Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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»Encenderé los ojos de tu anciana esposa, la vieja compañera de tus pesadumbres cotidianas y de tus esperanzas más antiguas. Enterneceré su mirada y pondré en el fondo de su pupila el relámpago de la juventud. Y a tu hijito querido, paliducho, ese pobre pollino uncido a la misma fatiga que el caballo de varas, le devolveré los bellos colores de su cuna; y seré para ese nuevo atleta de la vida el óleo que fortificaba los músculos de los antiguos luchadores.

»Caeré en el fondo de tu pecho como una ambrosía vegetal. Seré la semilla que fertilice el surco dolorosamente abierto. Nuestro íntimo ayuntamiento creará la poesía. Entre ambos haremos un Dios y volaremos hacia el infinito como los pájaros, como las mariposas, los hilos de telaraña, los perfumes y todo aquello que posee alas».

Eso es lo que canta el vino en su lenguaje misterioso. ¡Ay de aquel cuyo corazón egoísta y cerrado a los dolores de sus hermanos nunca ha oído esa canción!

Con frecuencia he pensado que, si Jesucristo compareciera al presente en el banquillo de los acusados, encontraría algún acusador público que demostraría que la reincidencia empeora su caso. En cuanto al vino, reincide todos los días. Todos los días repite sus beneficios. Eso explica, sin duda, el ensañamiento de los moralistas contra el vino. Cuando digo moralistas me refiero a los seudomoralistas fariseos.


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