Paraisos artificiales
Paraisos artificiales En este prólogo dirigido al lector encontramos algunas informaciones sobre la multitud misteriosa de los opiómanos, esa nación contemplativa, perdida en el seno de la nación activa. Son numerosos, y más de lo que se cree. Son profesores, filósofos, un lord situado en el cargo más alto, un subsecretario de Estado; si casos tan numerosos pertenecientes a la clase social más elevada, han llegado sin haber sido buscados, a conocimiento de un solo individuo ¡qué espantosa estadística se podría trazar de la población entera de Inglaterra! Tres farmacéuticos de Londres, de barrios sin embargo apartados, afirman (en 1821) que el número de los aficionados al opio es inmenso y que la dificultad de distinguir a las personas que han hecho de él una especie de dieta de las que quieren procurárselo con una intención culpable, es para ellos una fuente cotidiana de engorros. Pero el opio ha descendido a visitar los limbos de la sociedad y, en Manchester en la tarde del sábado, los mostradores de las droguerías están cubiertos de píldoras preparadas en previsión de las demandas de la noche. Para los obreros de las fábricas es el opio una voluptuosidad económica, pues la rebaja de los salarios puede hacer de la cerveza y las bebidas espirituosas una orgía costosa. Pero no creáis que cuando aumente el salario los obreros ingleses abandonarán el opio para volver a los groseros placeres del alcohol. La fascinación ha actuado, la voluntad está domada y el recuerdo del goce ejercerá su tiranía eterna.