Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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Abrevio los detalles del viaje, ilustrado tan sólo por la caridad y la ternura de un despensero gordo, sobre el pecho y en los brazos del cual, nuestro protagonista, amodorrado por su debilidad y los traqueteos del coche, se durmió como en el seno de una nodriza, y un largo adormecimiento al aire libre entre Slough y Eton; pues al despertarse bruscamente en brazos de su vecino, después de haber pasado sin darse cuenta cinco o seis millas más allá de Salt-Hill, se vio obligado a desandar a pie todo ese trecho. Al término del viaje se entera de que el joven señor no está en Eton. Desesperado, se hace invitar a comer por lord D…, otro excompañero suyo, la vinculación con el cual era mucho menos íntima, no obstante. Aquella era la primera mesa bien servida en la que podía sentarse desde hacía muchos meses, a pesar de lo cual no pudo probar bocado. Una vez en Londres, el mismo día en que había recibido su billete de banco, compró dos panecillos en una panadería; desde hacía dos meses devoraba con la mirada aquella panadería con una intensidad de deseo tan grande que su recuerdo casi le humillaba. Pero le había enfermado el pan tan deseado y durante muchas semanas más le fue imposible comer cualquier alimento sin peligro. Y ahora, en medio del comfort y del lujo, no tenía apetito. Cuando explicó a Lord D… el estado lamentable de su estómago, su anfitrión pidió vino, lo que fue motivo de un gran júbilo. En cuanto al verdadero propósito de su viaje, el favor que pensaba pedir al conde de… y que, por hallarse éste ausente, pide a lord D…, no puede conseguirlo por completo, es decir que el segundo, no queriendo mortificarlo con un rechazo absoluto, consiente en darle su garantía, pero con ciertos plazos y condiciones. Reconfortado con este buen éxito a medias, vuelve a Londres después de tres días de ausencia y va a ver a sus amigos los judíos. Por desgracia, los prestamistas de dinero se niegan a aceptar las condiciones de Lord D…, y habría podido reanudarse su espantosa existencia, en esta ocasión con más peligro, si al comienzo de esta nueva crisis, por una casualidad que no nos explica, no le hubieran hecho sus tutores una propuesta y si no hubiera transformado su vida una reconciliación definitiva. Deja Londres apresuradamente y, por fin, al cabo de algún tiempo, vuelve a la Universidad. Sólo muchos meses más tarde puede ver nuevamente el escenario de sus sufrimientos juveniles.


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