Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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¿Pero que había sido de la pobre Ana? La buscaba todas las tardes, la esperaba todas las tardes en la esquina de Titchfield Street. Preguntaba por ella a todos los que podían conocerla y en las últimas horas que permaneció en Londres utilizó para encontrarla todos los medios con que contaba. Conocía la calle donde se alojaba, pero no la casa y además creía recordar vagamente que antes de sus adioses la muchacha se había visto obligada a abandonarla a causa de la brutalidad de su hospedero. Entre las personas a las que interrogaba, unas, por el fervor de sus preguntas, juzgaban deshonestas las causas de su búsqueda y sólo respondían con risas; otras creyendo que buscaba a una muchacha que le había robado alguna bagatela se mostraban naturalmente renuentes a hacerse delatores. Por fin, al dejar Londres definitivamente, dio su futura dirección a una persona que conocía a Ana de vista, pero nunca volvió a oír hablar de ella. Ésa fue entre las inquietudes de la vida su peor aflicción. Advertid que el hombre que así habla es un hombre muy serio y tan recomendable por la espiritualidad de sus costumbres como por la profundidad de sus escritos.





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