Paraisos artificiales
Paraisos artificiales «Si ha vivido, hemos debido buscarnos con frecuencia mutuamente en el inmenso laberinto de Londres, tal vez a algunos pasos uno de otro, distancia suficiente en una calle de Londres para crear una separación eterna. Durante algunos años esperé que viviera, y estoy seguro de que en mis diferentes excursiones a Londres escruté muchos miles de rostros femeninos con la esperanza de encontrar el suyo. Si la viera un segundo, la reconocería entre otros miles, pues, aunque no era linda, tenía una expresión dulce y una manera muy graciosa de mover la cabeza. La he buscado, repito, esperanzado. ¡Sí, durante años! Pero ahora temería encontrarla, y el terrible resfrío que tanto me aterraba cuando nos separamos es ahora mi consuelo. Ya no deseo verla, pero sueño con ella y no sin complacencia, como con una persona que yaciera desde hace largo tiempo en la tumba —en la tumba de una Magdalena me gustaría creerla— arrebatada de este mundo antes que la barbarie y el ultraje macularan y desfiguraran su naturaleza ingenua o que la brutalidad de los bribones completara la ruina de aquella, a quien habían asestado sus primeros golpes.