Paraisos artificiales
Paraisos artificiales «La ciudad, esfumada por la bruma y los suaves fulgores de la noche, representaba al mundo con sus aflicciones y sus tumbas, situadas muy lejos detrás de ella, pero no olvidadas del todo ni fuera del alcance de mi vista. El Océano, con su respiración sempiterna aunque incubada por una vasta calma, personificaba mi mente y la influencia que entonces la gobernaba. Me parecía que por primera vez me mantenía alejado y al margen del tumulto de la vida; que el estruendo, la fiebre y el combate se habían interrumpido; que a las secretas opresiones de mi pecho se les había concedido una tregua, un descanso de feria, una liberación de todo trabajo humano. La esperanza que florece en los caminos de la vida no contradecía la paz que habita en los sepulcros, las evoluciones de mi inteligencia me parecían tan incansables como las de los astros y, sin embargo, todas las inquietudes estaban allanadas por una calma alciónica; era un reposo que parecía la consecuencia, no de la inercia, sino del antagonismo majestuoso de fuerzas iguales y poderosas. ¡Actividades infinitas, infinito reposo!
»¡Oh, justo, poderoso y sutil opio!… ¡Posees las llaves del Paraíso!…».