Paraisos artificiales

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Por consiguiente, el opio no engendra forzosamente la inacción y el aturdimiento puesto que, por el contrario, arrojaba a nuestro soñador con frecuencia a los centros más concurridos de la vida común. Sin embargo, los teatros y los mercados no son, generalmente, los lugares que frecuenta con preferencia el opiómano, sobre todo cuando se encuentra en su estado de deleite perfecto. Para él la multitud es entonces una especie de opresión y la música misma tiene un carácter sensual y chabacano. Busca ante todo la soledad y el silencio, condiciones indispensables de sus éxtasis y sus profundas contemplaciones. Si al principio el autor de estas confesiones se introdujo en la multitud y en la corriente humana fue para reaccionar contra una inclinación demasiado viva a la meditación y la negra melancolía, resultado de sus sufrimientos juveniles. En las investigaciones de la ciencia, como en la sociedad de los seres humanos, huía de una especie de hipocondría. Más tarde, cuando su verdadera naturaleza quedó restablecida y disipadas las tinieblas de las tempestades antiguas, creyó que se podía consagrar sin peligro a su afición a la vida solitaria. Más de una vez le sucedió que estuvo durante toda una hermosa noche de verano sentado cerca de la ventana, sin moverse, sin siquiera desear cambiar de sitio, desde la puesta del sol hasta la aurora, llenándose los ojos con la vasta perspectiva del mar y de una gran metrópoli y la mente con las largas y gratas meditaciones sugeridas por aquel espectáculo. Una gran alegoría natural se extendía ante él entonces:


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