Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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«Tal placer, como he dicho, podía realizarse únicamente los sábados por la noche. ¿En qué era distinta la noche del sábado de cualquier otra noche? ¿De qué trabajos tenía que descansar y qué salario tenía que recibir? ¿Y qué podía inquietarme los sábados por la noche sino una invitación para escuchar a la Grassini? Eso es cierto y muy lógico, lector, y lo que dices es irrefutable. Pero los hombres dan a sus sentimientos un curso muy variable y, aunque la mayoría testimonia su interés por los pobres y simpatiza de una manera u otra con sus miserias y sus aflicciones, yo en esa época me sentía inclinado a mostrar mi interés por ellos simpatizando con sus placeres. Poco antes había visto los dolores de la pobreza y los había visto demasiado para que desease reavivar su recuerdo; pero los placeres del pobre, sus consuelos espirituales, los descansos de su fatiga física, nunca pueden llegar a ser una contemplación dolorosa. Ahora bien, la noche del sábado señala para el pobre el retorno del descanso periódico; las sectas más hostiles se reúnen en ese punto y reconocen ese vínculo común de fraternidad; esa noche casi toda la cristiandad descansa de su trabajo. Es un descanso que sirve de introducción a otro descanso; un día entero y dos noches lo separan de la fatiga próxima. Y por eso en la noche del sábado me ha parecido siempre que yo mismo me libero del yugo de algún trabajo, que debo recibir un salario y que voy a poder gozar del lujo del reposo. Así, para ser testigo en la escala mayor posible de un cuadro que me inspiraba las simpatías más hondas, los sábados por la noche, después de fumar mi opio, acostumbraba perderme por lugares muy lejanos, sin que llegara a inquietarme el camino ni la distancia, hacia todos los mercados donde los pobres se reúnen para gastar sus salarios. He espiado y escuchado a más de una familia compuesta por un hombre, su mujer y uno o dos hijos, mientras ellos discutían sus proyectos, sus medios, el poder de su presupuesto o el precio de los artículos domésticos. Me iba familiarizando poco a poco con sus deseos, sus dificultades o sus opiniones. A veces me sucedía que oía murmullos de descontento, pero era lo más frecuente que sus rostros y sus palabras expresaran paciencia, serenidad y esperanza. Y debo decir a este respecto que, generalmente, el pobre es mucho más filósofo que el rico, pues pone de manifiesto una resignación más rápida y alegre a lo que considera un mal irremediable. Siempre que la ocasión se presentaba o que podía hacerlo sin parecer indiscreto, me mezclaba con ellos y les daba mi opinión sobre el tema de que trataban, opinión que, si no era siempre juiciosa, era siempre acogida con benevolencia. Si los salarios habían subido un poco o se esperaba que subieran próximamente, si la libra de pan era algo menos cara, o corría el rumor de que la manteca y las cebollas iban a bajar pronto, me sentía dichoso; pero si sucedía lo contrario encontraba en el opio la manera de consolarme. Pues el opio (parecido a la abeja, que extrae indiferentemente sus materiales de la rosa o del hollín de las chimeneas) posee el arte de sojuzgar todos los sentimientos y regularizarlos según su diapasón. Algunos de esos paseos me llevaban muy lejos, pues un opiómano es demasiado dichoso para que pueda observar cómo huye el tiempo. Y, a veces, en un esfuerzo para poner la proa rumbo a mi alojamiento, fijando, según los preceptos náuticos, mis miradas en la estrella polar, buscando ambiciosamente mi paso hacia el noroeste para no tener que doblar de nuevo todos los cabos y promontorios que había encontrado en mi primer viaje, entraba súbitamente en laberintos de callejuelas, en enigmas de callejones sin salida, en problemas de calles clausuradas, hechos para burlarse del coraje de los mozos de cuerda y confundir la inteligencia de los cocheros de plaza. A veces habría podido imaginarme que acababa de descubrir, el primero de todos, algunas terrae incognitae, y dudaba de que estuvieran indicadas en los mapas más modernos de Londres. Pero, al cabo de algunos años, tuve que pagar cruelmente todas esas fantasías, cuando el rostro humano vino a tiranizar mis sueños y cuando mis perplejos vagabundeos en el seno del inmenso Londres se reprodujeron en mis pesadillas con una sensación de perplejidad intelectual y moral que llevaba la confusión a mi casa y la angustia y el remordimiento a mi conciencia…».


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