Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Fue en 1804 cuando conoció por primera vez el opio. Y han transcurrido ocho años, felices y ennoblecidos por el estudio. Estamos en 1812. Lejos, muy lejos de Oxford, a una distancia de doscientas cincuenta millas, encerrado en un retiro en el fondo de las montañas, ¿qué hace ahora nuestro héroe (pues merece ciertamente ese título)? ¡Pues bien, se dedica al opio! ¿Y a qué más? Al estudio de la metafísica alemana: lee a Kant, a Fichte y a Schelling. Encerrado en una pequeña quinta, con una sola sirvienta, ve transcurrir las horas severas y tranquilas. Todavía no se ha casado. ¿Y sigue fumando el opio? Cada sábado por la noche. ¿Y ese régimen ha durado con impudencia desde el domingo lluvioso de 1804? ¡Ay, sí!, ¿pero cómo está su salud tras ese largo y regular libertinaje? Dice que nunca se ha sentido mejor que en la primavera de 1812. Observemos que hasta el presente sólo ha sido un aficionado y que todavía el opio no se ha convertido para él en una dieta cotidiana. Las dosis han sido siempre moderadas y han estado separadas prudentemente por intervalos de varios días. Es posible que esta moderación y esta prudencia hayan retardado la aparición de los terrores vengadores. En 1813 comienza una era nueva. Durante el verano precedente un acontecimiento doloroso, que él no nos explica, había conmovido su mente con una fuerza suficiente para afectar también su salud física; desde 1813 padecía una espantosa irritación de estómago, que se parecía mucho a la que le había hecho sufrir tanto en sus noches de angustia, en el fondo de la casa del abogado y a la que acompañaban todos sus sueños morbosos de otro tiempo. ¡He aquí, finalmente, la gran justificación! ¿Para qué extenderse más sobre esta crisis y detallar todos sus incidentes? La lucha fue muy larga, los dolores fatigosos e insoportables y la liberación estaba siempre presente, al alcance de la mano. Yo diría de buena gana a todos los que han deseado un bálsamo, un nepente para los dolores cotidianos que turban el ejercicio regular de su vida y se burlan de todos los esfuerzos de su voluntad, a todos los enfermos espirituales y los enfermos físicos, les diría: ¡que aquel de entre vosotros que esté libre de culpa, sea culpa de acción o culpa de propósito, arroje la primera piedra a nuestro enfermo! Queda así convenido; además os ruega que le creáis que, cuando comenzó a tomar el opio a diario había necesidad, fatalidad y urgencia en ello; no era posible vivir de otra manera. Además, ¿tan numerosos son esos valientes que saben afrontar pacientemente, y con una energía renovada de minuto en minuto, el dolor, la tortura constantemente presente y jamás fatigada con miras a un beneficio tan vago como lejano? Aquel que parece valeroso y paciente no ha tenido gran mérito en su triunfo, y el que ha resistido poco tiempo ha desplegado en ese poco tiempo una vasta energía ignorada. ¿Los temperamentos humanos no son acaso tan infinitamente variados como las dosis químicas? «En el estado nervioso en que me encuentro se me hace tan imposible soportar a un moralista inhumano como al opio al que no se ha hecho hervir». Es éste un bello juicio, un juicio irrefutable. No se trata de circunstancias atenuantes, sino de circunstancias absolventes.