Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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Por fin la crisis de 1813 tuvo un desenlace, desenlace que se adivina. Preguntar desde entonces a nuestro solitario si tal día tomó o dejó de tomar el opio sería como informarse de si respiraron ese día sus pulmones o si su corazón realizó sus funciones. ¡No más cuaresma de opio, y no más ramadán ni abstinencia! ¡El opio forma parte de la vida! Poco antes de 1816, el año más hermoso y más límpido de toda su existencia, nos dice que había disminuido, súbitamente y casi sin esfuerzo, la dosis de trescientos veinte granos de opio, es decir de ocho mil gotas de láudano por día, a sólo cuarenta granos, reduciendo así ese extraño alimento en siete octavas partes. La nube de profunda melancolía que se había abatido sobre su cerebro se disipó en un día como por arte de magia, reapareció la agilidad espiritual y pudo creer nuevamente en la felicidad. Ya no tomaba más que mil gotas de láudano diarias (¡qué templanza!). Era como un veranillo de San Martín mental. Volvió a leer a Kant y lo comprendió o creyó comprenderlo. En él abundaban nuevamente esa alegría y esa agilidad espirituales —tristes palabras para traducir lo intraducible— igualmente favorables para el trabajo y para el ejercicio de la fraternidad. Ese espíritu de benevolencia y de condescendencia con el prójimo, y digamos mejor de caridad, que se parece un poco (sea insinuado esto sin la intención de faltar al respeto a un escritor tan serio) a la caridad de los borrachos, se puso un buen día de manifiesto de la manera más rara y espontánea en provecho de un malayo. Tomad nota de este malayo, porque más adelante volveremos a verlo; reaparecerá multiplicado de manera terrible. ¿Pues quién puede calcular la fuerza de reflejo y repercusión de un incidente cualquiera en la vida de un soñador? ¿Y quién puede pensar sin estremecerse en la infinita ampliación de los círculos de las ondas espirituales agitadas por una piedra casual? Así, pues, un día llamó un malayo a la puerta de aquel retiro silencioso. ¿Qué tenía que hacer un malayo en las montañas de Inglaterra? Tal vez se dirigía a algún puerto situado a cuarenta millas de allí. La sirvienta, nacida en la montaña, que ignoraba la lengua de los malayos tanto como la inglesa y que no había visto un turbante en su vida, se asustó mucho al verlo. Pero recordando que su amo era un sabio y suponiendo que hablaba probablemente todos los idiomas del mundo, y acaso también el de la Luna, corrió a buscarlo para suplicarle que exorcizara al demonio que se había instalado en la cocina. Era un contraste curioso y divertido el de aquellos dos rostros que se miraban mutuamente: marcado el uno con la altivez sajona y el otro con el servilismo asiático, el uno rosado y fresco, amarillo y bilioso el otro e iluminado por dos ojuelos movedizos e inquietos. El sabio, para defender su honor ante los ojos de su sirvienta y sus vecinos, le habló en griego; el malayo le contestó sin duda en su idioma y, como no se entendieron, todo transcurrió perfectamente. El forastero descansó durante una hora en el piso de la cocina y luego dio a entender que deseaba proseguir su camino. Si el pobre asiático venía caminando desde Londres, hacía tres semanas que no había podido cambiar idea alguna con ningún ser humano. Para consolar los probables hastíos de semejante vida solitaria, nuestro autor, suponiendo que un hombre de esas regiones conocía sin duda el opio, le regaló antes de su partida un gran pedazo de la preciosa droga. ¿Se puede concebir un modo más noble de entender la hospitalidad? El malayo, con la expresión del rostro, dio muy bien a entender que conocía el opio y tragó de un bocado una porción que habría podido matar a mucha gente. Era eso algo que podía haber inquietado a un alma caritativa, pero nunca se había oído hablar en la comarca de que se hubiera encontrado en la carretera el cadáver de un malayo; el extraño viajero estaba lo suficientemente familiarizado con el veneno, y el resultado al que aspiraba la caridad había sido obtenido.


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