Paraisos artificiales
Paraisos artificiales Entonces, como he dicho, el opiómano se sentía todavía dichoso; la suya era una auténtica felicidad de sabio y de solitario aficionado al comfort: una casa de campo encantadora, una gran biblioteca paciente y delicadamente elegida y el invierno que se enfurecía en la montaña. ¿Una habitación linda no hace más poético el invierno, y el invierno no aumenta la poesía del alojamiento? La blanca casa de campo estaba situada en el fondo de un vallecito rodeado de montañas, lo suficientemente elevadas y como envuelta en arbustos que cubrían con un tapiz de flores las paredes y ponían un marco perfumado a las ventanas durante la primavera, el otoño y el invierno; comenzaba con los espinos blancos y terminaba con los jazmines. Pero la buena estación, la estación de la dicha para un hombre soñador y meditabundo, era el invierno, y el invierno en su forma más cruda. Hay gente que se alegra si consigue del cielo un invierno benigno y se siente dichosa cuando lo ve partir. Pero él reclama anualmente al cielo toda la nieve, el granizo y las heladas que puede proporcionarle. Necesita un invierno canadiense o un invierno ruso; lo necesita para su dicha. Su nido sería así más cálido, más cómodo y amado; las luces encendidas a las cuatro, un buen fogón y una alfombra abrigada, y cortinas pesadas que ondulan hasta el piso, una mujer hermosa que le prepara el té desde las ocho hasta las cuatro de la madrugada. Sin invierno no sería posible ninguno de esos goces; todo comfort exige una temperatura rigurosa, lo que, por otra parte, cuesta caro; nuestro soñador tiene, por lo tanto, derecho a exigir que el invierno pague honradamente su deuda como paga él la suya. El salón es pequeño y sirve para dos fines. Más adecuadamente se podría llamarlo biblioteca, pues es allí donde se acumulan los cinco mil volúmenes comprados uno a uno como una verdadera conquista de la paciencia. Un gran fuego brilla en la chimenea y en la bandeja hay dos tazas y dos platillos, pues la Electra caritativa que nos había hecho presentir, embellece la casita de campo con toda la hechicería de sus sonrisas angelicales. ¿Para qué describir su belleza? El lector podría imaginarse que esa potencia de luz es puramente física y pertenece al dominio de los pinceles terrestres. Además, no olvidemos la redoma de láudano, una gran garrafa, a fe mía, pues nos hallamos demasiado lejos de las farmacias de Londres para renovar nuestra provisión con frecuencia; un libro de metafísica alemana que se halla sobre la mesa atestigua las eternas ambiciones intelectuales del propietario. Paisaje de montañas, retiro silencioso, lujo o más bien un bienestar estable, ocio sobrado para las reflexiones, invierno riguroso adecuado para concentrar las facultades del espíritu: sí, aquello era la dicha, o más bien los últimos fulgores de la dicha, una intermitencia en la desgracia, un jubileo en la desventura, pues estamos llegando a la época funesta en la que «¡hay que decir adiós a esa apacible bienaventuranza, adiós al invierno y al verano, adiós a las sonrisas y las risas, adiós a la paz del espíritu, adiós a la esperanza y a los sueños tranquilos, adiós a los benditos consuelos de la indolencia!». Durante más de tres años será nuestro soñador como un ser desterrado expulsado del territorio de la dicha común, pues ha llegado a «una Ilíada de calamidades, ha llegado a las torturas del opio». Época sombría, vasta red de tinieblas, desgarrada a intervalos por visiones doradas y abrumadoras: