Paraisos artificiales
Paraisos artificiales ¿Pero por qué, se preguntará, no se libraba de los horrores del opio, bien fuera abandonándolo o bien disminuyendo sus dosis? Hizo largos y dolorosos esfuerzos para reducir las cantidades, pero los que fueron testigos de sus batallas lamentables, de sus agonías sucesivas fueron los primeros en rogarle que renunciara a ello. ¿Por qué no haber disminuido la dosis en una gota por día o no haber atenuado su eficacia con una adición de agua? Calculó que habría necesitado muchos años para obtener, por ese medio, una victoria incierta. Además, todos los opiómanos saben que antes de llegar a cierto grado se puede ir reduciendo la dosis sin dificultad e inclusive con placer, pero saben también que una vez superada esa dosis cualquier reducción causa dolores muy intensos. ¿Pero por qué no haber consentido un abatimiento momentáneo, de solamente unos días? Es porque no se da el abatimiento, y el dolor no consiste en eso. La disminución del opio aumenta la vitalidad, al contrario, late mejor el puso y la salud se perfecciona; pero de ello resulta una espantosa irritación del estómago, acompañada de abundantes sudores y de una sensación de malestar general que nace de la falta de equilibrio entre la energía física y la salud de la mente. Es fácil comprender, en efecto, que la parte terrenal del hombre que es el cuerpo, a la que el opio había pacificado triunfalmente y reducido a la sumisión más completa, quiera recuperar sus derechos, mientras que el imperio del espíritu, único favorecido hasta entonces, se encuentra otro tanto disminuido. Es un equilibrio alterado que quiere restablecerse y ya no puede hacerlo sin crisis. Y aunque no se tengan en cuenta la irritación del estómago y las transpiraciones excesivas, es fácil imaginarse la angustia de un nervioso, cuya vitalidad estuviera regularmente despierta y la mente inactiva e inquieta. En esa tan terrible situación el enfermo considera, generalmente, que el remedio es peor que la enfermedad y se lanza de cabeza a su destino.