Paraisos artificiales
Paraisos artificiales El opiómano había interrumpido desde hacía mucho tiempo sus estudios. A veces, a pedido de su esposa y de alguna otra dama que iba a tomar el té en su compañía, consentía en leer en voz alta las poesías de Wordsworth. Por arrebatamiento, seguía momentáneamente zahiriendo a los grandes poetas, pero a su verdadera vocación, a la filosofía, la tenía completamente abandonada. La filosofía y las matemáticas reclaman una aplicación constante y sostenida y su mente retrocedía ahora ante ese deber diario con una conciencia íntima y desconsoladora de su decaimiento. Una gran obra a la que había jurado consagrar todas sus fuerzas y cuyo título le habían proporcionado las reliquiae de Espinosa, De emendatione humani intellectus, seguía en la cantera, inconclusa y pendiente, con el desolado aspecto de las grandes construcciones que suelen emprender los gobernantes pródigos o los arquitectos imprudentes. Lo que debía llegar a ser en el futuro la prueba de su fuerza y de su devoción a la sagrada causa de los hombres no serviría ya sino de testimonio de su debilidad y de sus presunciones. Por suerte, le quedaba todavía, como una distracción, la economía política. Aunque se la debe considerar como una ciencia, es decir un conjunto orgánico, algunas de sus partes integrantes pueden ser separadas y estudiadas aisladamente. Su mujer le leía de vez en cuando los debates del Parlamento o las novedades de librería en materia de economía política, pero para un escritor profundo y erudito era ése un alimento muy pobre: para quienquiera que ha estudiado la lógica son las sobras del espíritu humano. Un amigo de Edimburgo, no obstante, le envió en 1819 un libro de Ricardo, y antes que terminara de leer el primer capítulo, recordando que él mismo había profetizado la llegada de un legislador de esa ciencia, exclamó: «¡He aquí el hombre!». La curiosidad y el asombro habían resucitado. Pero su sorpresa más grande y deliciosa consistió en haber descubierto que todavía podía interesarse por cualquier lectura. Su admiración por Ricardo aumentó naturalmente. ¿Era cierto que había nacido en Inglaterra, en el siglo XIX, una obra tan profunda? Pues daba por supuesto que todo pensamiento había perecido en Inglaterra. Y de pronto Ricardo encontraba la ley y creaba la base; arrojaba como un rayo de luz en el tenebroso caos de materialismo donde sus predecesores se habían extraviado. Nuestro soñador, entusiasmado y rejuvenecido, reconciliado con el pensamiento y el trabajo, comenzó a escribir, o mejor dicho a dictar a su compañera. Le parecía que la mirada escrutadora de Ricardo había dejado que se escaparan algunas de las verdades importantes, el análisis de las cuales, reducido por los procedimientos algebraicos, podía ser el tema de un pequeño volumen interesante. De ese esfuerzo de enfermo resultaron los Prolegómenos para todos los sistemas futuros de economía política[5]. Se había puesto de acuerdo con un impresor de la provincia que vivía a dieciocho millas de su casa y, con el fin de que se pudiera componer con más rapidez la obra, inclusive había contratado a un cajista suplementario. El libro fue anunciado dos veces, pero faltaba escribir un prólogo (¡la fatiga de un prólogo!) y una dedicatoria magnífica a Ricardo. ¡Qué labor para un cerebro debilitado por los goces de una orgía permanente! ¡Qué humillación para un autor nervioso tiranizado por la atmósfera interna! Se interpuso la impotencia, terrible e infranqueable como los hielos del Polo; todos los convenios hechos quedaron anulados, el cajista despedido, y los Prolegómenos, muy avergonzados, se acostaron para dormir durante largo tiempo al lado de su hermano primogénito, aquel libro famoso sugerido por Espinosa.