Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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¡Qué situación horrible! ¡Tener la mente pululante de ideas y no poder atravesar el puente que separa los campos imaginarios del ensueño de las cosechas positivas del acto! Si quien me lee en este instante ha conocido las exigencias de la producción, no necesita que yo le describa ahora la desesperación de un noble espíritu clarividente y hábil en combate contra esa condenación tan extraña. ¡Qué abominable sortilegio! Se puede aplicar bien al opio todo lo que ya dije sobre la disminución de la voluntad en mi estudio dedicado al hachís. ¿Responder a las cartas? Trabajo gigantesco aplazado de hora en hora, de día en día y de mes en mes. ¿Son cuestiones de dinero? Puerilidad fatigosa. La economía domestica queda más abandonada entonces que la política. Si un cerebro debilitado por el opio quedase debilitado por completo, si, para servirme de una locución innoble quedase totalmente embrutecido, el daño sería evidentemente menos grande, al menos más tolerable. Pero un opiómano no pierde ninguna de sus aspiraciones morales; ve el deber y lo ama, desea cumplir todas las condiciones de lo posible, pero su fuerza de ejecución no está a la altura de sus concepciones. ¡Ejecutor! ¿Qué digo? ¿Puede ni siquiera intentarlo? Es el peso de toda una pesadilla que aplasta la voluntad. Nuestra desdicha se convierte en una especie de Tántalo que ama su deber ardientemente pero no puede cumplirlo, se convierte en un espíritu, en un espíritu puro condenado a desear lo que no puede conseguir de modo alguno, en un guerrero valiente provocado en lo que estima más caro y fascinado por una fatalidad que le ordena permanecer en cama, en la que le consume una rabia impotente.


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