Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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El castigo llegaba, en consecuencia, lento pero terrible. Pero, ¡ay!, no debía manifestarse por esa impotencia espiritual únicamente, sino también por horrores de una naturaleza mucho más cruel y positiva. El primer síntoma que se puso de manifiesto en la economía física del opiómano fue curioso. Fue el punto de partida y el germen de toda una serie de dolores. En general, los niños están dotados de la rara facultad de percibir, o más bien de crear, en la fecunda tela de las tinieblas, todo un mundo de visiones extrañas. Esa facultad en unos niños, actúa sin su voluntad algunas veces. Pero otros tienen el poder de evocarlas o de descartarlas a su gusto. De un modo semejante, nuestro narrador se dio cuenta de que volvía a la infancia. Ya a mediados de 1817 esa facultad peligrosa le atormentaba cruelmente. Acostado, pero despierto, procesiones fúnebres y magníficas desfilaban ante sus ojos y delante de él se elevaban edificios interminables de un estilo arcaico y solemne. Pero los sueños del sueño participan muy pronto de los sueños de la vigilia, y todo lo que sus ojos evocaban en las tinieblas, se reproducía posteriormente en su sueño con una magnificencia insoportable, inquietante. Midas convertía en oro lo que tocaba y se sentía martirizado por aquel privilegio irónico. Del mismo modo, el opiómano transformaba en realidades inevitables todos los objetos de sus fantasías. Toda aquella fantasmagoría, por muy bella y poética que fuese en apariencia, estaba acompañada de una angustia profunda y de una enorme tristeza. Le parecía que cada noche caía continuamente en abismos oscuros de una profundidad desconocida y sin esperanza alguna de volver a la superficie. E inclusive cuando se despertaba, persistían una tristeza y una desesperanza parecidas al aniquilamiento. Y, fenómeno análogo a algunos de los que causa la embriaguez del hachís, la sensación del espacio y la de la duración, posteriormente quedaron muy afectados. Monumentos y paisajes tomaban formas excesivamente grandiosas para que no dolieran a la mirada humana. El espacio se inflaba, para decirlo así, hasta el infinito. Pero la expansión del tiempo se convirtió en una angustia todavía más viva. Los sentimientos e ideas que llenaban la duración de una noche adquirían para el opiómano, el valor de un siglo entero. Y los acontecimientos más vulgares de la infancia, las escenas hacía largo tiempo olvidadas, volvían a vivir en su cerebro con una vida nueva. Tal vez no los habría recordado cuando estaba despierto, pero los reconocía inmediatamente en el sueño. Así como el que se ahoga ve de nuevo, en el minuto supremo de agonía, toda su vida como en un espejo; así como lee el condenado en un segundo la terrible reseña de todos sus pensamientos terrenales; así como las estrellas que oculta la luz del día reaparecen en la noche; así también las inscripciones grabadas en la memoria inconsciente reaparecieron como si hubieran sido hechas con una tinta simpática.


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