Paraisos artificiales
Paraisos artificiales «En mi juventud, e incluso posteriormente, he sido siempre un gran lector de Livio [Tito]; siempre ha constituido una de mis distracciones favoritas; confieso que lo prefiero, por el tema y por el estilo, a cualquier otro historiador romano y he sentido toda la sonoridad espantosa y solemne, toda la enérgica representación de la majestad del pueblo romano, en esas dos palabras que con tanta frecuencia se repiten en los relatos de Livio: Consul Romanun, sobre todo cuando el cónsul se presenta en su aspecto de soldado. Quiero decir que las palabras: rey, sultán o regente, o todos los demás títulos que corresponden a los hombres que encarnan la majestad de un gran pueblo, no tenían el poder de inspirarme el mismo respeto. Si bien no soy gran lector de las cosas históricas, me había familiarizado igualmente, de una manera crítica y minuciosa, con cierto período de la historia inglesa, con el período de la guerra del Parlamento, que me había atraído por la grandeza moral de sus protagonistas y por las numerosas memorias interesantes que han sobrevivido a épocas turbulentas. Esas dos partes de mis lecturas ociosas, que a menudo proporcionaron material a mis reflexiones, proporcionaban ahora alimento para mis sueños. Con frecuencia me sucedía, mientras estaba despierto, que presenciaba una especie de ensayo de teatro que se pintaba posteriormente en las oscuridades complacientes: una multitud de damas, tal vez una fiesta y bailes. Y oía que decía alguien o me decía a mí mismo: “Ésas son las esposas y las hijas de los que se reunían en los tiempos de paz, de los que se sentaban a las mismas mesas y estaban aliados por el casamiento o por la sangre; y, sin embargo, desde cierto día de agosto de 1642, jamás han sonreído ni se han encontrado nuevamente sino en los campos de batalla; y en MarstonMoor, en Newbury o en Naseby cortaron todos los vínculos amorosos con el sable cruel y borraron con la sangre el recuerdo de las antiguas amistades”. Las señoras bailaban y parecían tan seductoras como las de la corte de Jorge IV. Yo sabía, no obstante, aun en mi sueño, que estaban en la tumba desde hacía casi dos siglos. Pero toda esa pompa debía disolverse de pronto; se batieron palmas y se oyeron estas palabras cuyo sonido me conmovió el corazón: ¡Consul romanus! y se presentó inmediatamente, barriendo todo ante sí, magnífico con su manto de campaña, Paulo Emilio, o bien Mario, rodeado por una compañía de centuriones, haciendo que la túnica roja se izara en la punta de una lanza y seguido por los vítores espantosos de las legiones romanas».