Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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Sorprendentes y monstruosas arquitecturas se elevaban en su cerebro, semejantes a esas construcciones movedizas que el ojo del poeta percibe en las nubes que colorea el sol poniente. Pero pronto a esas visiones de terrazas, de torres, de murallas que se alzaban a alturas desconocidas y se hundían en inmensas profundidades, les sucedieron lagos y lagunas extensas. El agua se convirtió en el elemento obsesionante. En nuestro trabajo sobre el hachís ya habíamos observado esa predilección sorprendente del cerebro por el elemento líquido y por sus misteriosas seducciones. ¿No se diría que existe un singular parentesco entre esos dos excitantes, al menos en sus efectos sobre la imaginación o, si se prefiere explicarlo de otro modo, que el cerebro humano, bajo el imperio de un excitante, se prenda de mejor grado de ciertas imágenes? Las aguas cambiaron de pronto de carácter, y los lagos transparentes, brillantes como espejos, se convirtieron en mares y en océanos. Luego, una nueva metamorfosis hizo de esas aguas magníficas, solamente inquietantes por su extensión y su frecuencia, un tormento espantoso. Nuestro autor había amado demasiado las multitudes, se había sumergido con delicia excesiva en los océanos de las multitudes para que el rostro humano no desempeñase en sus sueños un papel despótico. Y entonces se puso de manifiesto lo que él ha llamado, según creo, La tiranía de la faz humana. «Entonces, en las aguas movientes del océano comenzó a mostrarse el rostro del ser humano; el mar me pareció pavimentado con innumerables cabezas vueltas hacia el cielo; rostros furiosos, suplicantes, desesperados, se pusieron a danzar en la superficie, por miles, por miríadas, por generaciones y por siglos; mi agitación se hizo infinita y mi mente saltó y rodó como las olas del Océano».


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