Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

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Habrá advertido el lector que el hombre no evoca las imágenes sino que las imágenes se le ofrecen espontánea y despóticamente. No puede despedirlas, pues la voluntad no tiene fuerza ni gobierna las facultades. La memoria poética, en otro tiempo fuente de infinitos placeres, se ha convertido en un arsenal inagotable de instrumentos de suplicio.

En 1818, el malayo del que venimos hablando le atormentaba cruelmente; era un visitante insoportable. Como el espacio y como el tiempo, el malayo se había multiplicado. El malayo había llegado a ser el Asia misma, el Asia antigua, solemne, monstruosa y complicada como sus templos y sus religiones; donde todo, desde los aspectos más ordinarios de la vida hasta los recuerdos clásicos y grandiosos que comporta, está hecho para confundir y pasmar a la mente europea. Y no era solamente China, extraña y artificial, prodigiosa y vetusta como un cuento de hadas, la que oprimía su cerebro. Esa imagen evocaba naturalmente a la imagen vecina de la India, tan misteriosa e inquietante para un espíritu de Occidente; además, China y la India formaban muy pronto con Egipto una tríada amenazante, una pesadilla compleja de variadas angustias. En resumen, el malayo evocaba todo el Oriente inmenso y fabuloso. Las páginas siguientes son demasiado bellas para que pueda abreviarlas:


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