Paraisos artificiales
Paraisos artificiales »Le doy así al lector un ligero resumen de mis fascinaciones orientales, el teatro monstruoso de las cuales me producía siempre tal estupefacción que el horror mismo parecía absorbido en ellas durante cierto tiempo. Más tarde o más temprano, sin embargo, se producía un reflujo de sensaciones en las que, a su vez, se abismaba el asombro y que me conducía, no tanto al terror como a una especie de abominación y de odio por todo lo que veía. Sobre cada ser y cada forma, sobre cada amenaza, sobre cada castigo y cárcel tenebrosa, se cernía una sensación de eternidad y de infinito que me causaba la angustia y la opresión de la locura. Únicamente en esos sueños, salvo una o dos pequeñas excepciones, entraban las circunstancias que producen el horror físico. Hasta aquel momento mis terrores solamente habían sido morales y espirituales. Pero ahora los agentes principales eran aves horribles, serpientes o cocodrilos, sobre todo estos últimos. El cocodrilo maldito se convirtió para mí en un ser más horrible que casi todos los otros. Me veía obligado a vivir con él durante siglos, como sucedía siempre en mis sueños. A veces escapaba y me encontraba en viviendas chinas, amuebladas con mesitas de cañas. Todas las patas de esas mesas y las de los divanes parecían tener vida; la abominable cabeza del cocodrilo, con sus ojos oblicuos, me miraba en todas partes y por todos los lados, multiplicada por innumerables repeticiones, y yo me quedaba inmóvil, embargado por el horror y fascinado. Y el reptil espantoso frecuentaba mis sueños de tal modo que, en muchas ocasiones, la misma pesadilla era interrumpida de la misma manera. Oía que me llamaban unas voces suaves (oigo todo inclusive cuando estoy amodorrado) y me despertaba inmediatamente. Era de día, pleno mediodía, y mis hijos, tomados de la mano, se encontraban de pie junto a mi cama. Venían a mostrarme sus zapatos de color y sus vestidos nuevos para que admirara su atavío antes de salir de paseo. Afirmo que esa transición del cocodrilo maldito y de los otros monstruos y abortos inexpresables de mis sueños, a aquellas criaturas inocentes, a aquella sencilla infancia humana eran tan terrible que, en la potente y súbita revulsión de mi espíritu, lloraba sin poder evitarlo mientras les besaba los rostros».