Paraisos artificiales
Paraisos artificiales El autor ha observado que la muerte de los seres queridos y en general, la contemplación de la muerte, afecta a nuestra alma en el verano mucho más que en las otras estaciones del año. El firmamento parece entonces más alto, más lejano e infinito. Las nubes, por las cuales aprecia la mirada la distancia del pabellón celeste, son más voluminosas y están acumuladas en masas más extensas y sólidas; la luz y el espectáculo del sol cuando se pone, están más en consonancia con el carácter de lo infinito. Pero la razón más importante es que la prodigalidad exuberante de la vida estival contrasta más violentamente con la esterilidad helada de la tumba. Además, dos ideas que están en relación de antagonismo se llaman mutuamente y se sugieren una a otra. Asimismo el autor nos confiesa que, en los dÃas interminables del verano, le es difÃcil no pensar en la muerte y la idea de la muerte de una persona conocida o querida le asedia más obstinadamente en la estación espléndida. Un dÃa le pareció que se hallaba parado en la puerta de su casa de campo; era (en su sueño) la mañana de un domingo de mayo, un domingo de Pascua, lo que no contradice en modo alguno el almanaque de los sueños. Delante de él se extendÃa el paisaje conocido, pero agrandado y solemnizado por la magia del sueño. Las montañas eran más altas que los Alpes, y las praderas y los bosques situados a sus pies, infinitamente más extensos; los setos, adornados con rosas blancas. Como era muy temprano, no se veÃa criatura viviente alguna, excepto los animales que descansaban en el cementerio junto a las tumbas verdeantes y, sobre todo, alrededor del sepulcro de un niño al que habÃa querido tiernamente (a ese niño lo habÃan enterrado realmente aquel mismo verano y una mañana, antes de salir el sol, el autor habÃa visto realmente aquellos animales descansando junto a su tumba). Entonces se dijo: «Falta todavÃa mucho tiempo para que salga el sol y hoy es el domingo de Pascua, el dÃa en que se celebran los primeros frutos de la Resurrección. Iré a pasear al aire libre y olvidaré mis viejas penas; la atmósfera está tranquila y fresca, las montañas son altas y se extienden a lo lejos hacia el cielo; los calveros del bosque se hallan tan apacibles como el cementerio; el rocÃo lavará la fiebre de mi frente y dejaré por fin de ser infortunado». E iba a abrir la puerta del jardÃn, cuando el paisaje se transformó a la izquierda. SeguÃa siendo un domingo de Pascua y muy de madrugada, pero el paisaje se habÃa hecho oriental. Las cúpulas y los domos de una gran ciudad dentellaban vagamente el horizonte (tal vez era el recuerdo de alguna imagen bÃblica contemplada en la infancia). No lejos de él, sentada en una piedra, se hallaba una mujer sombreada por las palmeras de Judea. Era Ana.