Paraisos artificiales
Paraisos artificiales «Tenía fijos en mí los ojos con una mirada intensa, y le dije en un susurro: “¡Por fin he vuelto a encontrarte!”. Esperé, pero no me respondió una palabra. Tenía el mismo rostro que cuando la había visto la última vez y, sin embargo, ¡qué diferente era! Diecisiete años antes, cuando la luz del farol caía sobre su cara, cuando por última vez besé sus labios (¡tus labios Ana, que para mí no tenían mancha alguna!) las lágrimas corrían por sus ojos, pero esas lágrimas estaban ahora secas; parecía más bella que en esa época, pero por lo demás seguía siendo la misma y no había envejecido. Su mirada era tranquila, pero estaba dotada de una rara expresión solemne, y yo la contemplaba en ese instante con una especie de miedo. Pero de pronto se le oscureció el rostro y, volviéndome hacia el lado de las montañas, percibí unos vapores que giraban entre nosotros; todo se esfumó en un instante, llegaron densas tinieblas y en un abrir y cerrar de ojos me encontré lejos, muy lejos de las montañas, paseándome con Ana a la luz de los faroles de la Oxford Street, como cuando nos paseábamos diecisiete años atrás, cuando ella y yo éramos niños».