Paraisos artificiales
Paraisos artificiales «La visión comenzaba con música que oía con frecuencia en mis sueños, música preparatoria, apta para despertar la mente y mantenerla en suspenso, una música parecida a la obertura del servicio de la coronación y que, como ella, causaba la impresión de una gran marcha, de un desfile infinito de la caballería y el ruido de las pisadas de innumerables ejércitos. Había llegado la mañana de un día muy solemne, de un día de crisis y de esperanza final para la naturaleza humana, que en aquel momento sufría un eclipse misterioso y alguna angustia terrible. En alguna parte, no sé dónde, de una manera u otra, no sé cómo; no sé qué seres porque los desconozco, libraban una batalla, sufrían una agonía que se desarrollaba como un drama grandioso o un fragmento de música y la simpatía que sentía por ellos se transformaba en un suplicio a causa de mi incertidumbre del paraje, el motivo, el carácter y el posible resultado del reencuentro. Como sucede de ordinario en los sueños, donde necesariamente hacemos de nosotros mismos el centro de todo movimiento, yo podía decidir el resultado y, sin embargo, no me decidía a hacerlo; tenía poder de haberlo querido y, sin embargo, flaqueaba el poder de hacerlo porque estaba abrumado por el peso de veinte Atlánticos o bajo la opresión de un crimen inexpiable. Yacía inmóvil, inerte, a una profundidad que jamas ha alcanzado el plomo de la sonda. Entonces, como un coro, la pasión adquiría un sonido más hondo. Se hallaba en juego un interés muy grande, una causa más importante que la que defendió nunca la espada o proclamó la trompeta. Luego sobrevenían alarmas repentinas, en una y otra parte pasos precipitados, espantos de innumerables fugitivos. Yo no sabía si venían de la buena o de la mala causa: tinieblas, luces, tempestades y también rostros humanos y, al fin, con la sensación de que todo estaba perdido, aparecían formas de mujeres, rostros que habría deseado reconocer al precio del mundo entero y que no podía entrever sino solamente un instante. Luego manos crispadas, separaciones que desgarraban el pecho ¡y despedidas eternas! Y con un suspiro parecido al que exhalaron las cuevas del Infierno cuando la madre incestuosa profirió el nombre aborrecido de la Muerte, repetía el grito ¡Despedidas eternas! y luego repetía otra vez el eco: ¡Despedidas eternas!