Paraisos artificiales
Paraisos artificiales De Quincey abrevió mucho el final de su libro, por lo menos tal como se publicó primitivamente. Recuerdo que la primera vez que lo leí, hace ya muchos años (y yo no conocía la segunda parte, Suspiria de profundis, que no había aparecido todavía) me decía de vez en cuando: ¿Cuál puede ser el desenlace de un libro como éste? ¿La muerte? ¿La locura? Pero el autor, que habla constantemente en primera persona, se halla, sin duda en un estado de salud, si no excelente y completamente normal, al menos que le permite dedicarse a un trabajo literario. Lo que me parecía más probable era el statu quo; que se había acostumbrado a sus dolores y defendía los efectos temibles de su extraña dietética; en fin, yo me decía: Robinson puede salir un día de su isla, un barco puede abordar en una costa por desconocida que ella sea y llevarse al exiliado solitario, ¿pero qué ser humano puede salir del imperio del opio? Por consiguiente, me seguía diciendo, este libro extraño, ya se trate de una confesión verídica o de una pura concepción de la mente (y esta última hipótesis era completamente improbable a causa de la atmósfera de verdad que se cierne sobre todo el conjunto y del tono de sinceridad inimitable que acompaña a cada detalle) es un libro sin desenlace. Hay evidentemente libros que, como algunas aventuras, carecen de desenlace. Hay situaciones eternas y todo lo que se relaciona con lo irremediable, con lo irreparable, pertenece a esa categoría. Sin embargo, yo recordaba que el opiómano había anunciado en alguna parte, al comienzo, que por fin había logrado desatar, un anillo tras otro, la cadena maldita que ligaba todo su ser. En consecuencia, el desenlace era para mí algo del todo inesperado y confesaré, francamente, que cuando lo conocí, pese a todo su aparato de verosimilitud minuciosa, desconfié por instinto. Ignoro si los lectores compartirán mi impresión al respecto, pero diré que la manera ingeniosa y sutil como el infortunado sale del laberinto encantado donde se halla perdido por su culpa, me pareció un invento en favor de cierto cant británico, un sacrificio en el que la verdad era inmolada en honor del pudor y los prejuicios públicos. Recordad cuántas precauciones ha tomado antes de iniciar el relato de su llíada de males, y con qué cuidado ha sentido el derecho para hacer confesiones, incluso provechosas. Tal pueblo desearía desenlaces morales, y tal otro, desenlaces consoladores. Las mujeres, por ejemplo, no quieren que los malvados sean recompensados. ¿Qué diría el público de nuestros teatros si al final del quinto acto no encontrara el desenlace deseado por la justicia? La justicia que restablece el equilibrio normal, o mejor dicho utópico, entre todas las partes, el desenlace equitativo esperado impacientemente durante cuatro largos actos. En resumen, yo creo que al público no le gustan los impenitentes y que, de buena gana, los considera insolentes. Es posible que De Quincey pensara del mismo modo y se pusiera a cubierto. Si las páginas que preceden hubiesen caído por casualidad bajo sus ojos, me imagino que se habría dignado complacientemente a sonreír por mi desconfianza precoz y motivada. En todo caso, yo me apoyo en su texto tan sincero en todas las demás ocasiones y tan penetrante, y podría anunciar desde ahora cierta tercera postración ante el ídolo negro (lo que implica una segunda) de la que hablaremos más tarde.