Paraisos artificiales

Paraisos artificiales

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Como quiera que sea, he aquí el desenlace. Hacía mucho tiempo que el opio no hacía sentir su imperio por medio de encantamientos, sino de torturas, y esas torturas (lo que es completamente verosímil y concuerda con todas las experiencias vinculadas con la dificultad de romper viejas costumbres de cualquiera naturaleza que sean) había comenzado con los primeros esfuerzos para librarse del tirano cotidiano. Entre dos agonías, proveniente la una del uso continuado y la otra de la dieta interrumpida, el autor prefirió, según nos dice, la que implicaba la posibilidad de liberarse. «No sabría decir qué cantidad de opio tomaba en esa época, pues el opio que utilizaba había sido comprado por un amigo mío que más tarde no quiso que se lo reembolsara, de modo que no puedo determinar la cantidad que absorbí durante un año. Creo, no obstante, que lo tomaba muy irregularmente y que variaba la dosis de cincuenta o sesenta granos a ciento cincuenta diarios. Mi primer cuidado fue reducirla a cuarenta, a treinta, y finalmente, con toda la frecuencia que podía, a doce granos». Añade que entre los diferentes específicos que probó, el único que le resultó beneficioso fue la tintura amoniacal de valeriana. ¿Pero para qué —dice— continuar este relato de la convalecencia y de la curación? El propósito de la obra era poner de manifiesto el maravilloso poder del opio, ya fuera para el placer o ya para la aflicción, y el libro ha terminado en consecuencia. La moraleja del relato está destinada únicamente a los opiómanos. Que aprendan a temblar y que sepan por medio de este ejemplo extraordinario que después de diecisiete años de uso y de ocho de abuso de esta droga se puede abandonarla. ¡Ojalá puedan, dice, desarrollar más energía en sus esfuerzos y alcanzar finalmente el mismo triunfo!


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker